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EL CORO ¿PARA QUÉ SIRVE LA TRAGEDIA?: Un desafío social

Por María Gray (Universidad Internacional de La Rioja) / 19 de enero 2024

El concierto performativo, El Coro ¿Para qué sirve la tragedia? de Juan Navarro, director y actor del espectáculo, plantea un triángulo entre lo que vendría a ser un desafío social entre el proceso de investigación y creación aplicada al teatro profesional que ha supuesto subir al escenario a veintiséis personas invidentes, la gran mayoría de ellos con ceguera y discapacidad visual grave. Se trata del Coro Fermín Gurbindo, un derivado del Orfeón Fermín Gurbindo de la ONCE de Madrid, dirigido por Ignacio Parres, quien confiesa haberse sentido desbordado por la propuesta y no sabía si iba ser capaz de asumir el reto de interpretar las partituras de Jordi Lalanza a cargo de la dirección y composición musical. “Son las obras más complejas que he dirigido e  interpretado, y encima con un coro muy, muy amateur con el que empecé a trabajar en plena  pandemia”. Sin embargo, la idea de tener esa experiencia, les motivó a tomar la decisión y experimentar pues nunca habían estado en un teatro, ni interpretado una obra con partitura, ni mucho menos enfrentado a un público. “Estábamos todos muy, muy emocionados por vivir esa experiencia ¡y vaya que, si la hemos vivido, ese era el objetivo, ha sido muy emocionante”termina diciendo el corifeo.

Juan Navarro, explica ante el público en el coloquio final después del estreno, que El Coro ¿Para qué sirve la tragedia? nace en “ese tiempo raro, suspendido que provocó aparentemente cosas”, refiriéndose a la pandemia, en el que se puso a investigar la tragedias griegas y en el proceso se encontró con el capítulo que dedica Nietzsche al coro en El origen de la tragedia. “Yo creo que ese fue el punto de partida, ese  diálogo entre el corifeo y el coro, ese deseo individual frente al colectivo fue como una iluminación, no sabía muy bien por qué, pero fue como decir, el coro se hace cargo de transmitir los problemas de la sociedad”. 

El primer movimiento empieza con una voz en OFF que habla del Arte, de las relaciones trágicas, del sueño de ser artista, del reconocimiento, de vivir del arte, “hoy voy a ser otro, me voy a disfrazar de un Beethoven del siglo XXI”. El Coro invade el escenario con ligereza y alegría, guiados por bastones, otros compañeros y perros lazarillos. Se escuchan voces, risas y carcajadas en OFF, en tanto que se van descalzando y dejando un simbólico rastro de zapatos en escena, hasta agolparse al fondo del escenario. La experiencia inmersiva del colectivo de invidentes ha comenzado. 

El espacio escenográfico, dispuesto al más puro teatro a la italiana, telón de fondo, patas laterales que marcan las calles por las que salen y entran los actores, en fin, la cámara negra de un teatro clásico, pero con cortinas transparentes iluminadas con el propósito de dejar al desnudo, exhibir, visibilizar todo lo que hay y sucede detrás, en lugar de ocultarlo como en el teatro tradicional, “que es mucho más inflexible, lo escénico parece que requiere como una formalización cerrada, una vez que ya has puesto el escenario”, como plantea la postura rupturista de NavarroLa ironíala paradoja, la metáfora  y autorreflexividad se abren camino hacia las gradas, apelando a la participación de los espectadores, quienes tendrán que completar y dar significado, el suyo, al espectáculo. La cámara transparente también funciona como un espacio en el que se proyectan imágenes y frases en castellano, alemán y sistema braille que marcan el principio y final de los cuatro movimientos a cargo de Ferdy Esparza, director técnico e iluminador del espectáculo.

Un ser agénero, con bastón y encapuchado, se desmarca del Coro  atravesando el telón de fondo y se dirige, manchado de arriba abajo de pintura rosa, al intra-espacio delimitado dentro del espacio de la acción, constituido por una silla, máscaras blancas de papel, barreños de pintura rosa y un lienzo en blanco. “En el proceso fui entendiendo un poco más  la obra, el texto, cómo se iba a presentar el personaje, buscarle una acción. Estuvimos ensayando a ver cómo podía yo jugar con la pintura, cómo colocarme en el espacio, cómo encontrar las cosas que iba a utilizar”, cuenta, en tono divertido, Sandra Losada, la invidente que dijo sí a la propuesta de Juan Navarro e implicó a todo el Coro a zambullirse en el proyecto escénico. “Es la primera vez que hago teatro y doy vida a un personaje, nada más y nada menos que inspirado en Tiresias”. Todo un homenaje al Yo Creador.

El espacio está concebido como un “site-specific”, es decir, que se desarrolla   una propuesta y se trabaja con gente nueva en cada lugar al que van. “Todo se diseña en torno a las personas con las que trabajamos, sus voces, y las capas que vamos traspasando en el pensamiento de Beethoven y su  novena sinfonía, ese es nuestro material para diseñar el espacio”, explica Manel Barnils, diseñador del espacio escénico y asistente de dirección de Navarro. En todo caso, se entiende, no deja de ser una experiencia extracotidiana para los miembros del Coro, dentro del proceso de adaptación artístico-técnica, debido a las circunstancias específicas de vulnerabilidad y seguridad de cada uno de los miembros del colectivo y más cuando el espectáculo está más cercano “a la idea de concierto de rock and roll que a una obra de teatro estática, invulnerable”, tal como aclara su creador Juan Navarro. 

En el caso particular de Sandra, por ejemplo, debe batirse en escena, durante todo el espectáculo y completamente a ciegas con una acción pictórica improvisada sobre la marcha, en la que utilizan elementos como máscaras, pintura, sentarse , levantarse, no salirse del espacio delimitado para la acción y, simultáneamente, interactuar con  los movimientos  musicales a través del Coro y las acciones de Beethoven-Navarro, que empieza por elegir dos voluntarios del coro, a los que les pide que le lancen puñados de sal contra su cuerpo tendido en el suelo, en tanto que  él se retuerce de dolor y los granos de cloruro de sodio se expanden por el escenario a toda velocidad. Beethoven-Navarro, se levanta dando saltitos burlescos y alocados por todo el escenario como embriagado, creando una danza decadente y, sin parar, habla de la caducidad del cuerpo, de las drogas que nos hacen felices, del tiempo, de internet y tararea una melodía como drogado con un Coro que por empatía parece enloquecer. 

Sube la tensión del espectáculo en el segundo movimiento, cuando Beethoven-Navarro ejecuta una dionisíaca ceremonia ritual en la que derrama kilos de sal sobre sí, sobre los zapatos, y por todo el escenario, quitándose a punta pies, con la amargura de Beethoven, todos los objetos que se encuentran a su paso. Tropieza varias veces, debido al carácter improvisado de las acciones, resbala sin caer y cruza ebrio de locura al otro lado del escenario, en el que a golpes, con un mazo destruye una pieza de Arte idéntica a la que está creando simultáneamente Tiresias-Sandra y muy parecidas a las que están colgadas al fondo del escenario por encima de las cabezas del Coro que subraya la idea del mise en abyme. “Cada día hago lo que me da la gana, sí, hay una estructura, unas canciones, hay una partitura, pero yo quiero ser libre en el escenario”. Navarro logra su objetivo, a estas alturas del concierto y a las puertas del tercer movimiento, el escenario se ha transformado radicalmente en un caos magnífico. Es la revolución de Las Bacantes, el ditirambo de Baco, completamente cubierto de sal, zapatos, barreños y chorros de pintura que salpican fuera del espacio delimitado para el action painting, manchando el suelo real del escenario de la Sala Negra, que  se alza como una amenaza contra la seguridad del Coro. Navarro, previendo un posible accidente, limpia la pintura  con destreza y habilidad, mientras los veintiséis miembros del Coro avanzan con determinación hacia el centro del escenario. El actor justifica la  acción del personaje dentro del personaje y, así mismo, aprovecha la toma del escenario y la confrontación del Coro con el público para quitar el exceso de pintura de las manos y pies de Tiresias ¿o de Sandra? Con todo, y a pesar de las previsiones, algunos se tambalearon sin llegar a perder el equilibrio, incluido el perro lazarillo, que, según su dueño, sentado a mi vera con el perro durante el coloquio, y al que le comenté que seguramente el perro lo había pasado mal, me contestó jocoso, que el can llevaba varios días de ensayos y ya estaba acostumbrado. 

Llegamos al cuarto movimiento, decepcionados, estafados como Leonard Cohen después de su retiro espiritual, exhaustos como La sociedad del cansancio de Byung-Chul Han, violentos y amargura como Beethoven, desorientados. Se hace un largo silencio; se reduce la tensión dionisíaca. El Coro canta, las voces traen consigo la serenidad, el apolíneo equilibrio, la luz que alumbra  la vulgaridad, la crueldad, la impunidad, la censura, el libre comercio de la estupidez, el engaño de la era digital, el grito contra cualquier tipo de violencia que se ejerza contra cualquier ser humano o ser vivo indefenso en cualquier tiempo y espacio de la tierra.  

La reescritura del cuarto movimiento termina con un monólogo. Tiresias, el mito transexual, invidente  por castigo, clarividente por compensación y, entre otras cosas, acusado de voyerismo, abandona la intra-escena dirigiéndose al primer término del escenario, se planta frente al público, se quita la capucha y habla: “Me llamo Mercedes Losada, la que interpreta a Tiresias, tenemos la ceguera en común. Si cerráis los ojos, la oscuridad os hablará, escuchad la oscuridad. Juan va a dejar de ser Beethoven cuando salgamos de aquí, y yo Tiresias, y nos iremos al bar a ser otros y posiblemente sea un juego de nunca acabar, así que cierra los ojos y déjate llevar”. José Navarro y su equipo artístico como investigadores y creadores plantean un  desafío social aplicado al arte del que nace una metareflexión artística en la que cada punta del triángulo interactúa con las otras provocando un sinfín de reflexiones a las que solo los espectadores pueden dar significado o no. “Para eso sirve la tragedia para conocer el final antes de empezar”.

Dirección y creación: Juan Navarro. Dirección musical y composición: Jordi Lalanza Ayudante de dirección: Manel Barnils. Interpretación: Juan Navarro y Mercedes Losada. Voluntarios Coro: Mercedes Losada, Raquel Delgado Losada, Celia Tornero, Carmen Higueras, Carmen Alonso, Mariangels Fernández, Ángel Luis Carbeleo, Antonia Gêmer, Dolores Gallego, María Isabel González, Mónica Rodríguez, José Antonio Laguna Cobo, Ignacio Parres García, Silvia Lázaro Callejas, Adrián Rincón Domínguez, Karina Ramírez Torres, Alberto González González, Ignacio Redondo Portero, Trinidad Espina García, Josefa González, Nicolás Garrido, Manuel Panadero Carrillo, Ángel Núñez Ávila, Begoña Cano Donaire, Javier López Calleja, Mercedes García Hernández, Rosa Lozano Gómez, Ana López Serrano y 4 perros lazarillos. Espacio escénico: Manel Barnils Dirección técnica e iluminación: Ferdy Esparza Producción: Antic Teatre Producción ejecutiva: Susanna Barranco / Mousiké. En colaboración especial para Teatros del Canal: Coro Fermín Gurbindo (ONCE Madrid), dirigido por Ignacio Parres. Agradecimientos a: La Infinita, L’Animal a L’Esquena y The Wall Records

Fotos Teatros del Canal